Y los alumnos dejaron volar su imaginación

I Concurso de relatos navideños del Colegio Alborada

El pasado mes de diciembre se celebró el I Concurso de relatos de Navidad del Colegio Alborada, dirigido a alumnos de Secundaria y Bachillerato.

Las bases del concurso establecían dos categorías (la primera, para 1º, 2º y 3º ESO; la segunda, para 4º y Bachillerato), cuya principal diferencia era la extensión de los relatos. Se establecía que debía presentarse escrito en un documento Word, con un tipo de letra y tamaño determinado, para que todos los relatos tuviesen las mismas características.

Publicamos los dos relatos ganadores en cada una de las categorías.

1º Premio

Un Árbol de Otoño en Navidad
Hola, querido lector. ¿Qué tal estás? Te voy a contar una historia. ¡Ah! Aún no me he presentado. Verás, soy una simple escritora de la que no hace falta contar ahora demasiado, igual que tú eres un simple lector. Bueno, en el momento en el que se estaba desarrollando esta historia, era una chica cuyo carácter y mentalidad no eran dignos de ser plasmados sobre el papel, tenía unos 15 años. Pero me siento obligada a relatar estos hechos por si a alguien le son de utilidad. Así que, lector, te animo a que sigas leyendo sobre los hechos aquí recogidos: puede que no te sirvan, puede que pienses que tienes mejores cosas que hacer, puede que pienses que soy una insoportable pedante, o, tal vez, que este párrafo se está alargando demasiado, pero seguro que esta historia te entretiene un rato, especialmente si estás en las fechas navideñas y estás asustado por todo lo que se te viene encima (hacer la cena de navidad que le guste a todos, comprar cosas varias, decorar la casa, cenas con compañeros de trabajo, tirarte en el sofá y lamentarte porque estás cansado, etc.) Has de saber que estos hechos ocurrieron hace muchos años, durante la pandemia mundial del COVID-19 del 2020. Si eres muy joven puede que ya ni lo recuerdes, pues eso ocurrió hace ya cincuenta años. Parece que fue ayer, ¡madre mía!, estoy envejeciendo muy rápido. En fin, dejemos los desvaríos de una vieja como yo y comencemos la historia.

Apoyé mi nariz contra el cristal de la ventana, sentía un pequeño cosquilleo en la punta por el frío. Respiré profundamente, miré hacia abajo y vi que el cristal se había cubierto de vapor. Por fin, aparté mi rostro del cristal y contemplé la forma que se había marcado en el cristal, el contorno de mi nariz. “¡Qué mañana más aburrida!”, pensé. Quedaban siete días para Navidad, pero iba a ser una Navidad horrible, porque iba a ser otro año más sin nieve y encima iba a ser una Navidad con coronavirus. De hecho, a eso ni se le podía llamar Navidad.
Miré mi reloj con desgana, aún quedaba tiempo antes de ir a clase. Caminé hasta el salón, me dejé caer en el sofá y me hundí ligeramente entre los cojines. Cogí el mando de la televisión y presioné el botón de encendido. En la pantalla de pronto apareció la imagen de un videoclip musical, lo de siempre: primero, un grupo de amigos se va a una casa en la nieve; luego, hacen una fiesta donde se dan muchos regalos y se lo pasan genial, bla bla bla. Ves, eso es Navidad, no lo que tenemos aquí. Apoyé el cuello en el suave respaldo del sofá con desesperación mientras apagaba el televisor. Encima, todo el mundo me decía que no tenía que quejarme. No entienden nada… ¿No ven que la Navidad es un aburrimiento?
Volví a dirigir mi mirada hacia el reloj. Sí, ya era hora de ir a clase. Me colgué la mochila de la espalda, dije adiós a mi padre, me puse el abrigo y puse mi mano encima del metal del picaporte, que estaba muy frío. Empezaba un nuevo día de adviento.

Mientras caminaba por la calle, de repente algo captó mi atención. En mi camino había un árbol con hojas de otoño. Era un día nublado, pero aun así unos tenues rayos se colaban entre las hojas de oro y carmesí. El sol jugaba con las hojas, haciéndolas deslumbrantes. Parecía que el árbol se hubiera percatado de que la Navidad estaba llegando y hubiera querido ponerse un vestido de acuerdo a la ocasión, mientras que el sol le ayudaba. Pero era un vestido tan maravilloso que ningún ser mortal lo podíamos admirar plenamente en su esplendor y nos limitábamos a llamarlo vulgarmente “árbol otoñal”. Contemplé el árbol con admiración, siempre me habían gustado los árboles. Es curioso, porque sus compañeros ya solían estar casi desnudos, supongo que esperando a que les vista la nieve (que no creo que venga). En cualquier caso, el árbol surtió bastante efecto en mí. Me entró una oleada de positivismo, como si el árbol tuviera algo especial. “Bah, tonterías, es solo un árbol”, me dije a mí misma, pero aun así mis pensamientos no quedaron inmunes ante el efecto del árbol: una semilla de esperanza había florecido. De todos modos, la semilla tardaría en germinar, y los siguientes sucesos la regaron abundantemente, hasta que se convirtió en un árbol como este.

Los días pasaron y transcurrieron sin muchas novedades. Pero un día todo cambió.
No esperaba que una noche cualquiera mi madre me dijera que nos teníamos que ir en ese momento al hospital, que me vistiera rápido y que corriera. Yo estaba casi dormida. ¿Qué estaba pasando? ¿Cómo que me vistiera? Era todo muy confuso. Me incorporé en la cama, no veía nada, solo una luz blanca gigante que me cegaba y me hacía daño a los ojos, debía de ser la luz de la lámpara del techo. Cuando al fin me acostumbré a la luz, levanté la colcha y me puse en pie, mientras mis pies descalzos eran invadidos por el frío acumulado en el suelo. Cogí mi móvil (unos aparatos que teníamos en esta época, muy rudimentarios comparados con los que hay ahora) y, aunque me cegué aún más con su luz, logré distinguir que eran las dos de la mañana. Mi madre volvió a entrar en la habitación.
–¡Pero bueno! ¿Sigues sin vestirte? ¡Corre! -me dijo ella.
–¿Por qué hay que ir al hospital? -la respondí enfadada y confundida a la vez; “yo quería seguir durmiendo”, me decía egoístamente.
–¡Porque a tu tío Juan le ha subido la fiebre a 40 grados, le está dando un ataque de tos y está vomitando! ¡Muévete!

Me quedé estupefacta y anonadada, ¡si mi tío tenía buena salud! En esas épocas, cuando aún no teníamos controlado el Coronavirus y no teníamos vacunas, como ahora, era muy peligroso. Además, mucha gente pensaba que solo afectaba a personas muy mayores y quienes no lo pensaban no eran casi escuchados. Mi tío en esa época tenía unos cuarenta años y nadie pensaba que fuera a ser un paciente de riesgo. Saqué la ropa del armario con las manos temblorosas, oía amortiguados los pasos apresurados de mis padres por el pasillo y yo me sentía paralizada, una sensación extraña, como si no pudiera reaccionar. Aun así, mejor que me vistiera rápido. Ya vestida y con la respiración acelerada, cogí mi mascarilla de tela y me la puse. Suspiré resignada. En esa época aún creía que las mascarillas eran una molestia inútil. Las gomas me apretaban las orejas y empezaba a notar la humedad acumulada, con un olor extraño. Además, el efecto de ahogamiento se veía acrecentado por la agitación de mi respiración, la nariz se me quedaba ligeramente aplastada. En esos tiempos antiguos las mascarillas eran muy básicas e incómodas, luego fueron evolucionando con el tiempo para convertirse en algo más cómodo. Yo siempre me estaba quejando por la mascarilla: que me apretaba, que no me gustaba… Todo quejas.

Llegamos al hospital, estaba bastante distinto. Desde que comenzó el confinamiento no había venido, aunque lo había visto en muchas fotos en las noticias. Me tuve que quedar fuera, claro, no había sitio para mí. Así que salí fuera y me apoyé sobre una barra de metal que había en la entrada. Pensamientos turbulentos comenzaban a asentarse en mi cabeza; de hecho, se sentían tan cómodos que parecía que estaban construyendo una casa en mi mente, además de hacer una gran celebración donde han invitado a sus amigos. ¡Cuantos más mejor! Invitado 1: “¿Cómo era posible que estuviera enfermo? ¿Sería COVID-19? ¿Quién le habría contagiado?” Invitado 2: “No era posible que le hubiera contagiado yo, qué tontería. ¿O sí? La semana pasada estuve con él, y sin mascarilla”. Invitado 3: “Bah, todo eso que dicen los médicos son estupideces, si el virus no es para tanto en personas de esta edad, lo importante son los abuelos”. Invitado 4: “Además, aunque no haya respetado siempre la distancia de seguridad con mis amigos, todo eso son exageraciones. ¿Verdad? O cuando quedé para comer algo en esa cafetería y me quité la mascarilla”. Invitado 5: “o esas veces que me pongo la mascarilla por debajo de la nariz en clase porque me molesta”.

Me estaba empezando a asustar bastante, contemplé las luces de navidad con las que habían decorado el hospital con temor, como si ellas lo supieran todo. Empezó a sonar un villancico, no os digo cuál era pues es demasiado antiguo para vosotros y, aunque estaba familiarizada con la melodía y lo conocía perfectamente, de repente estuve segura de que la cantante no estaba cantando “feliz navidad y próspero año nuevo”, sino que decía “tú le has contagiado, tú le has contagiado”. ¡PARAD! Mi cabeza daba vueltas sin cesar.

Después de esta paranoica situación, mis recuerdos son confusos, como si la tinta que escribe mis memorias se hubiera emborronado y ya solo fueran legibles algunas palabras. Sin embargo, sí que recuerdo que mi tío dio positivo en coronavirus y nos tuvimos que volver a casa. Creo recordar que, además, fuimos confinados en nuestra casa durante unos días. Claro, cuando nos dieron la noticia, yo cumplí sin tardanza mi papel de adolescente narcisista y egoísta y me quejé de tener que quedarme en casa mientras mis amigos se lo pasaban bien. ¿Por qué tenía que perderme todo si no estaba enferma? ¿Qué más me da si soy asintomática? Pero, entonces, mi padre me dio una gran respuesta: “Para que no haya más gente que lo pase tan mal como tu tío”. Me quedé de piedra, no esperaba esa respuesta, solo algo como un: “porque sí”. Me di cuenta de que no quería que pasara eso, de que a lo mejor el virus no era una tontería. En el fondo, mi preocupación por mi tío Juan era enorme. Siempre había estado conmigo, siempre había jugado conmigo de pequeña y siempre era muy divertido y simpático. También era muy inteligente. Pensé que ojalá estuviera allí conmigo. Además, a él le encantaba la Navidad. Si él ahora estuviera aquí, habría dicho: “¡Pero cómo es que tenéis el árbol con tan pocas luces! ¡Más es más!” Y, luego, se hubiera reído a carcajadas. La melancolía me abrumaba: ¿y si no se ponía bien? Los médicos decían que no estaba mejorando. ¿Qué íbamos a hacer sin él? ¿Cómo iba a poder vivir sin él?

Para despejarme un poco, salí a la terraza. El cielo estaba teñido de púrpura, naranja y rosa. El sol se metía entre las nubes. Era una escena de gran belleza. Y, de repente, mis ojos se toparon con una figura familiar. ¿Sabéis cuál es? El árbol de otoño. Parecía que a él no le habían afectado los días. Él seguía en todo su esplendor. Querido árbol, cincuenta años después aún te recuerdo con claridad. Y, entonces, hice algo sorprendente. Recé. Pero recé de verdad: no solté un torrente de palabras al azar sin siquiera escucharme, lo que llevaba haciendo toda mi vida, sino que recé de verdad. Eso es complicado de explicar, pero quien lo haya hecho sabe cómo es. Rezar de verdad consiste en rezar con tu corazón, creyendo de verdad lo que estás diciendo, sintiendo lo que estás diciendo, no rezar por rutina, sino hablar con Dios. Sí, HABLAR CON DIOS. Recé por mi tío y por la Navidad, para que todos pudiéramos celebrarla. Y allí me quedé, contemplando al árbol, y súbitamente me di cuenta de que había florecido. Sí, había florecido el 23 de diciembre. A veces siento que lo soñé, pues nadie más lo vio, pero otras veces sé que sí que ocurrió realmente.
–¡Despierta! ¡Despierta! -oí mientras estaba ligeramente dormida aún.
–¿Qué ocurre? -pregunté a mi madre temiendo lo peor de nuevo.
–¡Tu tío ha tenido una mejoría espectacular durante la noche! Ha sido tan súbita que incluso le van a permitir venir a cenar con nosotros hoy en Nochebuena.
Otra vez me quedé sin aliento, no me lo podía creer. ¡SE HABÍA CURADO! Sentí como una oleada de energía subía por mi interior hasta llegar a los dedos de mis manos. Salté de la cama, ¡era increíble! ¡fantástico! Inconscientemente me puse a dar pequeños saltos de alegría. Abracé a mis padres, seguía sin poder creerlo. No podía esperar a que llegara la tarde. Entonces, cogí al niño Jesús del Belén y salí otra vez a la terraza, con el árbol. ¡GRACIAS! ¡GRACIAS! Fue lo que pensé, o tal vez lo dije en voz alta, no lo recuerdo. ¿Qué expresiones solíamos usar de jóvenes? Ah sí, “flipante”. Pensaba que era “flipante”. Y finalmente llegó la Nochebuena, en la que recibimos a mi tío, que, aunque tenía un aspecto algo pálido y huesudo, mi abuela resolvió que eso se curaba con un buen cordero, queso, jamón, etc. En cuanto atravesó la puerta, fue asfixiado por alguien, sí, yo le asfixié en un abrazo. ¿Sería herir nuestro orgullo y convertir esta historia en algo cursi si digo que lloramos? Sí, pero aun así lo reconozco. Todos lloramos y lloramos, pero de la alegría de volver a estar juntos. Y así fue como termina la que pensaba que iba a ser la peor Navidad de todas, que terminó siendo la mejor. La Navidad en la que comprendí que el objetivo no es ser muy “guay” y tener muchos regalos, sino estar con los que más quieres.

Ahora, volviendo a la actualidad. Yo quiero cenar con mi familia, quiero estar feliz con ellos en Navidad, quiero que estemos todos juntos. Quiero que la escena final de este relato pueda ser real. ¿Y tú? ¿Tú también quieres? Por favor, ten cuidado, lleva mascarilla, mantén las distancias, sé sensato. A lo mejor no puedes abrazar tanto este año a tus conocidos, pero al menos permite que todos podamos abrazar a nuestra familia. Por favor.
Elena Pastor Curiel (3º ESO B)

CATEGORIA II
1º Premio

LA NAVIDAD ES VERDE FLÚOR
PRÓLOGO
“Psiquiatra Dr Arellano”. Es lo que ponía en la mesa del médico que tenía delante de mí.
—Hola, me llamo Jorge, Jorge Arellano. ¿Cuál es tu nombre?
—Me llamo Valeria —dije en tono monótono. No quería estar ahí. Aunque en mi interior había una voz que me decía que quizá sí hubiera razones para ello—. ¡Feliz Navidad!
—¡Feliz Navidad Valeria! ¿Por qué crees que estás aquí?
—Por él.
—¿Quién es él?
—Depende.
AQUÍ EMPIEZA TODO:
Cada año era lo mismo, gente que necesitaba aparentar que era empática y que le preocupaba el resto de la humanidad más que ellos mismos. Se reunían para pretender que querían a sus allegados, compartir las últimas noticias, hacer chistes malos y de mal gusto y mostrar sus perfectas risas falsas. Se vestían como si la ropa les diera superioridad sin perder nunca el punto de “soy solidario” que todos sabían que era inexistente, pues cuando todo acababa, cada uno volvía a su casa, se quitaba esa fachada de humildad y regresaba a lo que de verdad era. ¿Y qué eran? Todo menos lo que decían ser. Y por si fuera poco, a mí se me exigía lo mismo.
Bajé. Me despedí de mis padres que me miraban como si fuera un caso perdido de la sociedad. Salí de casa soltando un suspiro que no sabía que retenía. Faltaba un día para “El Gran Día” y todo estaba ya preparado para esa ola de mentiras que entraría en forma de invitados para celebrar una fiesta sin sentido ni fundamento. Ver lo que a mis ojos era la personificación del despilfarro y la falsedad y saber que mi casa estaba preparada para recibirlo me estaba matando. La gente que miente en estos días miente siempre y estas fechas eran solo un recordatorio de lo cruel que era todo.
Mientras caminaba sumida en mis pensamientos, resbalé en la nieve, y al intentar levantarme resbalé otra vez. Intenté ponerme en pie de nuevo y caí de bruces contra el suelo. Me quedé en la nieve quieta sin atreverme casi a respirar, si algo estaba conmigo ese día era la torpeza. Intenté ingeniar una estrategia para salir de esa nieve resbaladiza, me puse a cuatro patas e intenté caminar como un felino. No había nada de felino en mí, me di cuenta cuando volví a caer al suelo. Estaba empezando a valorar la estrategia de hacer la croqueta hasta pasar esa zona de nieve cuando un chico salido como de la nada me tendió su mano. En serio, salió de la nada.
Con cara de amargura y ojos de sospecha le cogí la mano y volví a mi estado de ser humano bípedo habitual. El que no parecía en un estado natural era él, con una sonrisa estampada en la cara. ¡Eran las ocho de la mañana! ¿Quién sonreía a esa hora? Y para colmo, llevaba un gorro de lana verde chillón con un pompón.
—¿De dónde has salido? —dije con tono curioso pero contundente.
—De nada —respondió gesticulando hacia el lugar donde me había caído repetidas veces. Lo extraño fue que este chico salido de la nada no lo dijo con sarcasmo, lo dijo sonriendo y sin doble fondo—. ¿Estás bien?
—Sí –dije cortante mientras me giraba para seguir mi camino. “Tú no”, pensé.
—Perfecto. Y alegra esa cara –sonrió y soltó una risa como para cortar la tensión. Se me agotaba la paciencia.
—¿Por qué?
—Porque estas fechas están para sonreír. —Volvió a poner ese tono amable que no dejaba lugar a ni un solo atisbo de maldad.
Curiosamente este chico me estaba poniendo hasta de buen humor, pero cuando caí en el comentario de “estas fechas” eso se me acabó. Bien, ahora era un proyecto de solidaridad. “Relájate” escuché en mi cabeza; pero por mi mente solo pasaban mentiras, mentiras y más mentiras.
—¿Estas fechas? –puse mi tono más irónico—. ¿Crees que por estas fechas pasa algo por lo que merezca la pena alegrar esa cara? —Me giré completamente hacia él preparada para rebatir cualquier respuesta.
—Siempre hay algo por lo que merezca la pena alegrar esa cara.
Vale, estaba preparada para cualquier contestación, pero no para esta. Le salió del corazón, se me hizo imposible rebatirla. Era la primera persona que me hablaba desde la sinceridad, me miraba a los ojos como buscando el truco, como si estar feliz fuera lo propio. ¿Qué tenía este chico salido de la nada con un gorro verde flúor que te atrapaba?
—Por cierto, me llamo Valeria, ¿y tú?
—Chris, me llamo Chris —respondió sonriente. Hasta su nombre era encandilador.
—¿Vas al mercado? —¿Desde cuándo me interesaba a mí la vida privada de la gente? ¿De la gente que me encontraba por la calle? Este chico tenía un aura casi mística que te invitaba a estar con él, tanto que quería que respondiera que sí para hacer el camino juntos.
—No, voy al centro, me acabo de mudar. —¿Cómo puede una persona desprender toda esa alegría?— Hoy justo iba a desempaquetar algunas cajas de la mudanza.
—Perfecto, ¿necesitas ayuda? —Me había ofrecido a acompañar a este chico, Chris, al que acababa de conocer, a desempaquetar cajas. La que necesitaba ayuda era yo. “Reacciona Valeria”, fue lo único con sentido que conseguí decirme.
—Sí, sí, por supuesto. Mi casa está en esta dirección. —Sin ninguna duda, Chris era de otro planeta. Ni siquiera me inquietó ir a su casa, me debería haber entrado un ataque de pánico cuando respondió que sí, ¡¿quién invita a extraños a su casa?! Las alarmas se me deberían haber encendido, pero de alguna manera sabía qué era bueno y me infundía paz, seguridad y… ¿felicidad? ¿Qué tenía?
Cuando abrió la puerta de su apartamento recordé de golpe el odio profundo que sentía hacia estas fiestas. Todo estaba lleno de luces, había una figurita de reno colgada de una lámpara —¿qué podemos esperar de alguien que lleva un gorro de lana verde fluorescente con pompón?— espumillón en los muebles, había incluso un árbol. Objetivamente cualquier persona hubiera dicho que era una decoración impresionante para haberse acabado de mudar. ¡Cielos! Si era perfecta incluso para una casa normal. Pero, a pesar de toda esa exquisitez decorativa, mi mente se llenó de repulsión, en el fondo sabía que Chris era un amante de la Navidad, pero no podía imaginarme que viviera esta fiesta para aparentar. No le conocía pero simplemente no me cuadraba. No se parecía a la gente con la que me solía relacionar en Navidad, no daba la impresión de ser el tipo que contaba chistes malos, el que predicaba falsa caridad o el que te hacía sentir ridículo si no fingías perfección. Simplemente parecía que todo lo bueno que intenta la gente estaba inscrito en su ADN.
—¿Por qué esa cara de asco? —dijo sacándome de mis pensamientos.
—No sé —contesté cogida por sorpresa— es solo que todo esto no te pega.
—¿Qué no me pega? ¿Poner un árbol de Navidad en Navidad? –preguntó.
—Sí, supongo. —Realmente estaba cogida por sorpresa—. Es que no te veo, no te veo celebrando la Navidad, eres demasiado transparente.
—¿Por qué no? Yo soy así siempre, ¿qué tiene que ver la Navidad? —Ahora había puesto cara de no saber si estaba de broma o iba en serio.
—Que es una fiesta llena de mentiras y no hay lugar para gente como tú.
—Valeria, en serio, tienes que explicarte, porque la Navidad para mí es la época más importante y más bonita del año —dibujó una sonrisa en su cara y rió con sarcasmo; me irritó mucho, pero el aura de este chico seguía atrapándome.
—Es una fiesta sin ningún tipo de sentido donde la gente se esfuerza en aparentar lo que no es, lo que no es nunca. De repente todo se convierte en una competición. No eres suficiente, se te evalúa, tus padres te miran con decepción porque no tienes una sonrisa para su nueva causa benéfica, de repente tienes que fingir. No quiero fingir, no voy a fingir, pero ellos lo hacen constantemente. Esto es solo un recordatorio de lo falsa que es la gente todo el año. Y por si fuera poco, van de que eso les sale del alma porque son las mejores personas del mundo y tú no. Así que perdóname si no siento que seas una mentira perfecta, perdóname si te digo que no te pega la Navidad porque es una mentira.
Solté un suspiro para añadir dramatismo a mi intervención, porque necesitaba hacerlo, mis argumentos perdían peso dentro de mi cabeza mientras examinaba todas las caras que había puesto Chris durante mi soliloquio.
—Valeria, realmente me da pena que veas las cosas así. No puedes vivir en base a lo que tú percibes. Hay personas buenas que hacen las cosas desde el corazón, que aman al resto y que en Navidad se esfuerzan por ser mejores. Así que levanta la cabeza y disfruta de lo bonito que tienen estos días. Valeria, esto no va de ti ni de lo que sientes, sino de cómo haces tú sentir al resto. Va de celebrar que nace Jesús, que para algunos es importante, y que esta fiesta no es un sinsentido. Así que haz que el resto disfrute y empezarás a disfrutar tú.
Su tono calmado y cargado de bondad me descolocó, estaba fuera de juego, tenía razón. Había estado tan pendiente de mí que no había pensado en el resto. Estaba segura de que mucha gente obraba mal y se recubría de una fachada cuando caían las primeras nieves del año, pero Chris me acababa de hacer ver que la clave estaba en mí, en cómo decidiera ver y afrontar las cosas. Podía ser todo una sarta de mentiras o un momento para sacar una sonrisa de verdad a la gente.
Ensimismada en mis cavilaciones, me agaché para abrir una caja de mudanza, de esas que había venido a abrir. Chris me había dejado sin palabras. Con la caja en la mano levanté la vista para ver la sonrisa triunfal que tendría. No vi nada, no vi a nadie, recorrí un apartamento frío sin rastro de esas maravillosas decoraciones buscando a Chris. No había nadie, estaba sola. Me senté en el suelo y se hizo de noche. Era incapaz de hablar, de moverme, no era ni siquiera consciente de si parpadeaba. Todo encajaba y tenía sentido y a la vez no. Había comprendido todo y no había comprendido nada ¿Quién era Chris? ¿Dónde estaba?
Mis padres debieron rastrear mi móvil porque les vi abriendo la puerta. Me hablaron, no entendí nada, solo escuchaba un zumbido en el que se colaban algunas palabras. Seguía sin poder moverme. Todo era demasiado, me estaba sobrepasando y de repente nada, negro. No vi nada, no oí nada, no sentí nada.
Desperté en un hospital. Era consciente de que respiraba y me moví, bien, me podía mover. Me explicaron que me había desmayado y que había estado en estado de shock. Unas 10 horas según lo que calculé. Un médico, a los pies de la camilla, me pidió que le contara lo que había pasado. Le conté mi día desde que había salido de casa hasta que Chris desapareció y todo lo que tenía que ver con él. Me inquietaba su desaparición. ¿Chris era real? ¿Por qué había reaccionado así? ¿Acaso fue todo fruto de mi mente y por eso entré en ese estado de shock? ¿Había sido una alucinación? ¿Había sido todo a la vez?
Respondí a las preguntas del médico y me derivaron a la consulta de un psiquiatra, un tal Dr. Arellano. No estaba segura de necesitarlo del mismo modo que no estaba segura de no necesitarlo. Para mí había sido real pero no era consciente de los límites de la realidad.

EPÍLOGO:
“Psiquiatra Dr Arellano”. Es lo que ponía en la mesa del médico que tenía delante de mí.
—Hola, me llamo Jorge, Jorge Arellano. ¿Cuál es tu nombre?
—Me llamo Valeria —dije en tono monótono. No quería estar ahí. Aunque en mi interior había una voz que me decía que quizá sí hubiera razones para ello —¡Feliz Navidad!
—¡Feliz Navidad, Valeria! ¿Por qué crees que estás aquí?
—Por él.
—¿Quién es él?
—Depende.
—Valeria, explícame de qué depende. Estoy aquí para escucharte —dijo con voz amable.
—Depende de a quién le preguntes. Para mí, real o no, fue la única persona que me hizo levantar la mirada y plantearme qué era para mí la Navidad. Me hizo saber que estaba en mi mano ser más feliz. Me hizo ver que aunque haya gente que haga mal las cosas, siempre cabe disfrutar, siempre hay algo bueno y más en estas fechas. Chris tenía algo, infundía algo especial. Y ahora no está, ha desaparecido y me ha dejado todo esto y no sé interpretarlo y no sé qué hacer.
—¿Y cómo te sientes? —El Dr Arellano era más agradable de lo que yo esperaba en un psiquiatra.
—Me siento perdida, cuando Chris desapareció fue como si se fuera una parte de mí y me vaciara, pero a la vez como si llegara otra.
En ese momento me di cuenta de que me iba a morir sin saber si estaba loca o si Chris había sido real, o las dos a la vez. Lo que estaba claro era que Chris me hizo dejar de ver colores grises en la Navidad para dar paso al color de su extravagante gorro, verde flúor. Ya nada sería igual.
Icíar Zaurín Bartolomé (1º Bachillerato C)